Desde Qazvin hasta Zanjan hay algo más de dos
horas en coche, pero antes, a unos 150 km., tenemos intención de realizar un
pequeño desvío en esta fría mañana de primeros de marzo. El coche, con nuestro
entrañable David como conductor, nos espera para tomar el camino de la cúpula
de Soltaniyeh. El tráfico es intenso pero fluido y salimos a una amplísima y
yerma llanura en cuyo horizonte se levanta una sierra que se halla parcialmente
cubierta de nieve.
En medio de esta región de fértiles praderas para
la cría del mejor ganado persa y de imponentes caballos, hoy desolada por un
frío intenso, se divisa la brillante cúpula azul del mausoleo perdonado por
Tamerlán durante su paso por el territorio. “La pérdida es una experiencia que conduce hacia
un nuevo camino. Una nueva oportunidad para empezar a pensar de otro modo. La
pérdida no es el final de las cosas, sino el final de una manera determinada de
pensar. Quien cae en un sitio se levanta en otro. Esa es la ley de la vida”. Son palabras del poeta persa Mohamade
Mojtari. Quizá sea bueno recordarlo al contemplar esta maravilla que sobrevivió
a la destrucción que asoló estas tierras sometidas a sangre y fuego por Tamerlán.