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domingo, 21 de junio de 2015

ENTRADA, MÁS QUE NUNCA, EN TIERRA DE FUEGO

“Mi historia es simple: un registro de hechos; pero confío en que no será tedioso. No presenta hazañas de habilidad literaria para la inspección del crítico, sino un recuento de experiencias y observaciones humanas, lo bastante al margen del camino trillado de la vida para haber atraído un grado de atención que me ha hecho concebir la creencia de que valdría la pena una recorrida más detallada”    (“Prefacio” de Cautivo en la Patagonia: Benjamín Franklin Bourne)

“Peregrino y soñador
cantar
quiero mi fantasía
y la loca poesía
que hay en mi corazón
a hablar
me voy con las estrellas
y las cosas más bellas
despierto sé soñar,
siempre sentí
la dulce ilusión
de estar viviendo
mi pasión”            ( Del tango Alma de bohemio: Juan Andrés Caruso)

“De mis páginas vividas
siempre guardo un gran recuerdo;
mi emoción no las olvida,
pasa el tiempo y más me acuerdo.
Tres amigos siempre fuimos
en aquella juventud;
era el trío más mentado
que pudo haber caminado
   por esas calles del Sur.”  
                                 (Del tango Tres amigos: Domingo Enrique Cadícamo)

miércoles, 28 de agosto de 2013

BUENOS AIRES-CORRIENTES

Como dice Tomás Eloy Gonzalo, en un artículo publicado en El País, nada es tan difícil como abarcar un país con palabras. Hay demasiadas cifras, demasiadas historias, demasiadas preguntas condenadas a no tener respuesta. Estoy totalmente de acuerdo con él y más aún después de visitar la Argentina dos veces con un intervalo de diez años entre una y otra visita.
Y qué decir de Buenos Aires, una ciudad interminable, más de diez millones de habitantes en el Gran Buenos Aires, más de cien kilómetros entre los arrabales extremos del Tigre y de Quilmes. Imposible plasmar mínimamente todo un universo en tan poco espacio. Por eso ahora comienzo una serie de artículos en torno a esta urbe y sus rincones, con la certeza de que son impresiones fugaces de una ciudad inasible.
Dicen que el tango es la banda sonora de Buenos Aires...Las letras de sus canciones deberían estar escritas por la prensa porque ni el lunfardo es capaz de expresar los  desgarros que sufrió este país y el escaparate de su capital, “la Nueva York frustrada de Roberto Arlt”, a decir de Olivier Rolin cuando habla de Buenos Aires. No hay más que ver los rascacielos que se elevan hoy en Puerto Madero, poco más que una cloaca que se ha ido convirtiendo en la city. Porque esta ciudad tiene alma porteña y vocación parisina pero sus deseos se parecen más a los del amigo norteamericano.

domingo, 9 de septiembre de 2012

PENÍNSULA VALDÉS (III)

Avanzada la tarde, nos detenemos en la entrada de  P. Valdés , situada en el istmo que la une al resto del continente y donde se halla un decrépito museo que en sí mismo supone una reliquia de lo que debió ser cuando se inauguró. Además, desde su azotea cubierta tenemos ocasión de otear las dos grandes bahías que acoge la península, así como la llamada Isla de los Pájaros. La franja del tierra que las separa vista desde aquí es realmente estrecha, pero tenemos intención de subir hasta una de las “pirámides” entre las que se sitúa nuestra aldea antes de que anochezca y continuamos nuestro itinerario.


Tras remontar el camino zigzagueante nos detenemos en un promontorio que domina todo el golfo nuevo. Hacia el interior apenas si hay matorrales que desaparecen cuando el terreno se corta abriéndose en escarpada caída sobre el océano. La piedra calcárea se tiñe de miel a medida que el sol va descendiendo en este atardecer sereno y que se intensifica por el contraste con el azul turquesa del agua entre los brillos dorados con que el sol se resiste a ocultarse. Cormoranes y gaviotas parecen quedar suspendidos sobre un punto de encuentro de corrientes de aire o se encaraman en las paredes agujereadas e inaccesibles del acantilado. El panorama es deslumbrante. Abajo, casi a la altura del agua la naturaleza ha esculpido una pequeña y ahora pulida plataforma en la que un macho y una hembra de leones marinos copulan ajenos a nuestra indiscreta mirada. El macho, mucho mayor, acomete poderoso a la aparentemente indefensa  hembra y, sin embargo, las escena tiene más de dulzura que de violencia. Todo parece responder  a un instante de sosegada belleza.

PENÍNSULA VALDÉS (II)

       Es temprano. Desde la terraza del comedor del ACA (Asociación de Conductores Argentinos), la luminosa mañana tiene cierto aire de agradable desolación. No aparece nadie a la vista, el sol ya refulge y convierte en espejo efímero las aguas que las olas abandonan con suavidad sobre la arena de la cala, mientras quedan todavía a la sombra los rincones del acantilado que la cierra por el este. Nada perturba su suavidad desierta, batida por una ligera brisa. Unas nubecillas planas rompen la monotonía de un cielo azulísimo. Es un día un tanto especial, pues hoy tenemos intención de tomar un barco para ir al avistaje de ballenas.
Salimos del hotelito y a mano derecha, bajando una cuestecilla que llega hasta la arena, se encuentran varias pequeñas empresas relacionadas con todo tipo de actividades marítimas. Hay unos cuantos coches y uno de ellos luce una pegatina que parece anunciar la condición orgullosa, un tanto “cancherita”, como dicen acá, de los que organizan las salidas: “Los buzos lo hacemos mejor y más profundo”. Sobran los comentarios.

PENÍNSULA VALDÉS (I)

“Uno busca lleno de esperanzas/el camino que sus sueños/ prometieron a sus ansias.” (Del tango Uno: Enrique Santos Discépolo.) 

“¡Qué noche llena de hastío de frío!
El viento trae un extraño lamento.
Parece un pozo de sombras, la noche;
y yo en las sombras camino muy lento.”
                                          (Del tango Garúa: Domingo Enrique Cadícamo.)
“Todo retorna del recuerdo:
tu pena y tu silencio,
tu angustia y tu misterio.” (Del tango Después, de Homero Manzi)

      El edificio del aeropuerto de Trelew es  rectangular con un pasillo central a cuyos lados se hallan distintas dependencias, unos cuantos mostradores y un par de cafeterías. A la salida de pasajeros se han habilitado dos pequeño mostradores móviles donde enseguida acuden las veinte o treinta personas que han descendido del avión pues se trata de los puntos donde desarrollan su actividad las empresas de alquiler de automóviles.
Son poco más de las nueve de la noche y en cuestión de minutos uno de los mostradores queda desierto: ya se ha quedado sin autos que alquilar. Nos acercamos al mostrador más  pequeño, casi como un viejo carrito de helados. Nos recibe cordial un cincuentón que rápidamente nos ofrece un Gol.
- Será un Golf –apunta Goyo–.
- No, es un Gol, un Volkswagen Gol. Para ustedes fantástico.
Se trata de un modelo parecido al Polo español. Nos es suficiente y no resulta demasiado caro, aunque la fianza es mayor que el precio del alquiler. Por eso Eduardo, el tipo que nos lo alquila, nos advierte de los peligros de los caminos de ripio sobre todo si no se conduce con cierta prudencia, pues resulta bastante común que se rompan los cristales. Después de pagar, nos da las llaves junto con una bolsita de papel dentro de la que hay uno de los dulces típicos de la zona, el pastel galés, una especie de plum cake. Nos desea buen viaje y nos da los datos de su correo electrónico, pues seguramente cuando devolvamos el coche él no se halle presente y dice que su manera de viajar y conocer otros lugares es el contacto que mantiene, a través de Internet, con gentes de distintos lugares del planeta.
Cuando salimos camino de Península Valdés es de noche, pero por primera vez, desde que partimos de Madrid, tenemos una maravillosa sensación de libertad. Nos perdemos la vista de cuanto nos rodea pero se intuye la extensa llanura y las enormes distancias que vamos engullendo con el coche por esta carretera que presenta un buen asfalto. Dejamos a la derecha el desvío a Puerto Madryn y seguimos en dirección norte la famosa Ruta 3 (une Buenos Aires con Ushuaia) unos cuantos kilómetros, para tomar camino de Puerto Pirámides, en el corazón de esta península. Cuando llegamos a la solitaria entrada de acceso a la reserva que es la Península Valdés son más de las once y media de la noche, una noche suave y fresca.
El guarda dormita dentro del quiosquillo escasamente iluminado, con desgana nos cobra los pesos de entrada al parque, anota la matrícula del vehículo, nos despide y regresa a su somnolencia como una polilla que se acurrucara contra el cristal tibio de una lámpara.
No hay ni un alma. Solamente nos cruzamos con algunos conejos y un zorrillo despistado, cuyos ojos brillan en la oscuridad como dos piedras preciosas. Debemos estar atravesando por el pequeño istmo que une la península a la extensión continental.  En un cambio de rasante se agiganta una luna que sorprende por su tamaño y su tono sanguino,  suspendida como una boya sobre un mar tranquilo, como si no existiera nada más que agua, tierra y la luna tratando de devorarnos en nuestro lento avance. Después, parece cosa de magia pero hemos debido entrar en una pequeña depresión, desaparece de nuestra vista y ya no volvemos a verla.
Llegamos a lo que debe ser Puerto Pirámides que descansa al arrullo del suave oleaje que se oye pero no se ve. Afortunadamente, la población o lo que se ve de ella es pequeña y a la entrada se encuentra el Motel ACA (Asociación de Conductores Argentinos), al que habíamos avisado desde el aeropuerto de nuestra llegada. El edificio es como una ele mayúscula de planta única; aparece desierto y silencioso. Detenemos el coche y tratamos de localizar a alguien. Sobre el cristal de la puerta hay un papel escrito  con bolígrafo pero con un mensaje inequívoco: “Francisco Esteban. Habitación 12”. Allí están las llaves y no es necesario que nadie nos meta prisa. ¡Por fin, una cama!

Península Valdés desperezándose por la mañana.

miércoles, 29 de agosto de 2012

VIAJE A ARGENTINA. PRESENTACIÓN

¿Qué impulsa a dos “veteranos” a lanzarse sin un guión muy claro a un lugar en donde los mapas pierden su sentido porque no sirven para encontrar sino para situarse, para perderse, allá donde no hay nada? Esta pregunta que me hago para sintetizar las reflexiones que Mempo Giardinelli desarrolla en su excelente libro Final de novela en Patagonia se repite una y otra vez en mi cabeza, de manera machacona, en cuanto me siento para tratar de evocar aquellos días de diciembre de 2003 en que Goyo y yo recorrimos algunos lugares de Patagonia y Tierra de Fuego.
El propio Mempo apunta que el secreto está en que cuanto encuentre le hará feliz, “sobre todo si me abre los ojos aún más”. También Javier Reverte, en este caso en su peor libro de viajes –La aventura de viajar–, afirma que “no existe el gran viaje si cuanto sucede en el camino no te transforma en alguna medida”. Ambas visiones tienen elementos comunes fruto de la experiencia personal y con ambas me siento un poco  identificado.
Para empezar porque unos viajeros como nosotros, lejos del turista convencional, sabemos que esa ilusión que es el viaje, mucho antes de que tenga lugar, es una nostalgia por lo desconocido, una nostalgia que te atrapa y que ya no te suelta, pues su evocación  se transforma en melancolía y ésta en la necesidad de repetir ese viaje que ya no es el mismo como tampoco lo eres tú. Y más que lo intelectual, lo que puedes recorrer a través de cualquier guía convencional, es lo emocional lo que te dirá si lo que has hecho es un viaje o un recorrido turístico.