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lunes, 19 de agosto de 2013

MERCADOS EN MARRAKECH

Pocas cosas definen a un pueblo como sus mercados. En el caso de los países árabes aún más. Si hablamos de los zocos de Marrakech, nos referimos a un ejemplo superlativo de un  carácter que combina elementos marroquíes y bereberes. No se entiende nada de este mundo si uno no se abandona un poco entre artesanos, vendedores, compradores y curiosos.
Como dice Elías Canetti, “en una sociedad que tanto oculta, que esconde celosamente a los extraños el interior de sus casas, la figura y el rostro de sus mujeres e incluso sus lugares de santos, esa progresiva apertura de todo cuanto se elabora y vende, resulta atrayente en doble medida”. Y es que no hay nada tan estimulante como perderse por los distintos rincones de los zocos, que no son, en parte, más que reminiscencias  de los antiguos gremios medievales. Así, pues, el paseo supone hacer un viaje en el tiempo para regresar a aquellas épocas en las que cada grupo de artesanos compartía ciertos espacios –¡como si la especialización por secciones que hoy presentan los grandes almacenes fuera un invento actual!–.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

LA CIUDAD ROJA. XEMAA-EL-FNA


La ciudad roja, la puerta del desierto, la capital bereber del sur… son muchos los apelativos que ha recibido esta enorme ciudad desde hace tiempo. Marrakech es una ciudad muy viva y con mucha historia.
Parece ser que un cabecilla almorávide, Abu Bakr, mandó construir  el Qasr al-Hajar o Castillo de Piedra, en 1062 en este lugar. Su primo Yusuf Ibn-Tashfin lo derrocó y llegó a dominar el norte de Marruecos y media España, aunque sería el hijo de éste quien fundó verdaderamente la ciudad, en torno a un palacio –bajo la mezquita de la Koutoubia–, a una mezquita –bajo la actual medina– y sobre una vasta red de jetara  –canales de riego subterráneo–.
Los almohades, en 1197, destruyeron los edificios de sus antecesores y levantaron la primera mezquita de la Koutoubia , con posterioridad van ampliando la ciudad, mediante distintas edificaciones, y con ella crecen sus murallas. Pero la ciudad pierde su poder en el siglo XIII y no lo recupera hasta el XVI, cuando los saadíes la convierten en capital de su imperio; finalizan, con Ahmed al-Mansur, algunas obras como la medrasa de Ben Yusuf; y erigen el palacio de Al-Badi, con sus mármoles italianos y una necrópolis real que constituye el último ejemplo importante de arquitectura hispanoárabe.
Como suele suceder en estos casos, en el siglo XVII, suben al poder los alaníes y trasladan su centro de poder a Meknès y hasta allí se llevan los mármoles del palacio que queda convertido en una ruina, tal y como se ve hoy. Marrakech pasa a convertirse en el centro de comercio de esclavos subsaharianos y así se va recomponiendo, poco a poco, hasta la llegada del protectorado francés, momento en el que se recupera la jetara y las huertas de la llanura de Haouz suponen el desarrollo de la agricultura y del comercio con el fronterizo desierto del Sahara y, con ello, el aumento de la población. 
Lo cierto es que la actual Marrakech es una mezcla de pasado y presente de la que pocas ciudades pueden presumir de una manera tan formidable. Dentro de ella conviven al menos dos ciudades: la nueva, construida con un tiralíneas a través de grandes avenidas, con una estructura europea y un constante crecimiento. Su punto neurálgico es la plaza del 16 de noviembre, donde confluyen, entre  otras, la avenida de Hassan II y la avenida de Mohamed V. Precisamente,  siguiendo esta última llegamos a la plaza de la Libertad. A partir de aquí, la prolongación de esta avenida, flanqueada por jardines, nos conduce a la otra ciudad, la de la historia, la de abigarrados callejones y rincones imposibles, la de la medina y la de los cuentos de las mil y una noches.
Podría contar los atractivos arquitectónicos de esta metrópoli imperial, pero cualquier guía resultaría más rigurosa y mejor documentada. Además, si algo recuerdo de ella con nostalgia –el indicador más  fiable para valorar cualquier viaje–, es recorrer durante el día el bazar y, al atardecer, la plaza de Xemaa-el-Fna.

domingo, 23 de septiembre de 2012

DÍA DE MERCADO EN CHICHICASTENANGO


Agosto de 2005. Madrugamos para llegar temprano a Chichicastenango, una población que presume de ofrecer uno de los mercados más interesantes de Guatemala. La carretera parece seguir durante unos kilómetros una curva de nivel que recorre el perfil del monte. Se multiplican las milpas, como si no hubiera una idea de pueblo como tal, sino la de una comunidad diseminada por un terreno tan inclinado como  fructífero. Se ven más mujeres que hombres apostados al lado de la estrecha y sinuosa carretera. Cada poco, un puesto de madera, aparentemente más estable que muchas de las viviendas, expone frutas y hortalizas para la venta. Ordenados sobre escalones cubiertos por tejidos azules o rayados, barreños de plástico rebosantes de ciruelas y duraznos; cuelgan del tejadillo ristras de pimientos rojos, verdes y amarillos; se amontonan calabazas; se multiplican los colores de los frutos como si hubieran sido pulidos uno a uno. De las empinadas laderas que se repiten a ambos lados, de vez en cuando, surge un hilo de humo blanco como si las chozas o las milpas estuvieran colgadas del cielo.
Llegamos a Chichicastenango sobre las diez y media de una mañana radiante, cuyo sol aún no ha conseguido evaporar las gotas del rocío;  se nota el fresco propio de la altitud. La población, que se va desparramando ladera abajo, da idea de cierta agitación que compite con lo destartalado de sus viviendas. En esta calle de entrada, posiblemente la única más o menos llana, se van concentrando los vehículos y la gente, algunos llegan encaramados en el basculante de un pequeño camión; sobresalen, por encima de los tejados, los enmarañados tendidos eléctricos que se entrecruzan, asidos puntualmente a altos postes de maderas rematados en cruz, donde las jícaras viven en equilibrio de nido de cristal. Por debajo, conviven en desorden techos metálicos o de uralita junto a otros de teja roja desgastada. Dejamos el coche en una especie de patio de tierra que habitualmente debe ser gallinero. Aperos de labranza comparten el espacio con tres o cuatro coches y algún perro que se solaza al sol mañanero.
Ha merecido la pena evitar el tumulto por unas monedas. Pronto las calles adoquinadas se convierten en un ir y venir de gentes, de puestos, de zoco indígena y de turistas. Se suceden los tenderetes de huipiles, máscaras y tallas, artesanías indígenas para todos los gustos y que ofrecen un ambiente de trajín colorista, en un flujo constante que va arrastrándote hasta las inmediaciones de la iglesia de Santo Tomás, separada de los puestos por una escalinata semicircular de piedra. Parece ser que tanto las montañas como las antiguas pirámides y las escaleras que permiten el acceso a la iglesia, son un símbolo del tránsito hacia el cielo. De ahí que, sobre los escalones arda incienso de resina copal, distintos focos dispersos y alimentados por algunos chuchkajaues, chamanes indígenas, mientras repiten palabras quiché, lengua hablada entre ellos y que resulta bonita, musical, sonora. Finalmente, sobre los escalones se sientan tanto autóctonos como visitantes para tomar un respiro y para disfrutar de cierta panorámica, gracias a su posición privilegiada sobre el mercado. Se acumulan los fardos de mercaderías, las compras realizadas durante la mañana, el cansancio asomando a los rostros oscuros y cetrinos de los campesinos.
Entramos en la modesta iglesia, edificada en 1540. Tiene una única nave con un retablo mayor y otros cuatro laterales, todos de madera al igual que el artesonado  que cubre la bóveda, repuesto en 1976 cuando un terremoto acabó con la cubierta. Dos filas de bancos tan pequeños como pupitres se adosan a las paredes blanqueadas, mientras el amplísimo pasillo central está ocupado por velitas, flores, hojas, humea el incienso. Las tablas talladas de los retablos están ennegrecidas pero los feligreses rechazan toda idea de limpieza, pues forma parte de su ancestral culto. Junto al altar, una indígena hace “penitencia”, arrastrando sus rodillas hacia delante y hacia atrás; una balaustrada, también de madera y que antecede el retablo, es el lugar elegido por varios indígenas arrodillados que parecen mantener una conversación con Dios; otros, situados junto a las velas del suelo rezan en quiché. El silencio permite que resuene el murmullo de las oraciones.