Los huevos fritos y el beicon son hoy
más necesarios que nunca porque, si la subida al volcán Pacaya es tal y como
nos han dicho, hay que llenar el depósito de combustible para no desfallecer.
Hoy, además, llevamos unos bocadillos de jamón, y agua, elementos
imprescindibles para afrontar la subida con garantías, aunque Cris no las tiene
todas consigo y recela, aún antes de enfrentarse directamente con el perfil del
monstruo. Antes de salir de casa, aquí queda el titular de la jornada:
“Integrante de la Mara Salvatrucha relata su vida en la pandilla: Si uno no
mata, lo matan.” No es que anime mucho, pero este tipo de noticias es el
pan nuestro de cada día en la capital.
Javier, conocedor de la zona, maneja el
coche hasta abandonar la carretera, mientras la vegetación se va haciendo cada
vez más espesa y un camino de tierra roja nos conduce hasta le minúscula
población de San Francisco de Sales, lugar donde está ubicada la entrada para
realizar la ascensión. En cuanto entramos en la aldea un niño se pega al coche
ofreciendo parqueo, mulas para subir al volcán... Es un fenómeno curioso el de
este muchacho indígena, pues resulta ser albino, lo que marca y deforma sus
rasgos genuinos –apenas puede abrir los ojos, molesto ante la luz–, su piel
rosácea, su pelo totalmente blanco. Dejamos el coche sobre la tierra que
parecen estar allanando, como si tuvieran intención de construir un parqueo, ante la creciente afluencia de
turistas, aunque ahora seamos los únicos visitantes. Pagamos la entrada y el
muchacho queda controlando el auto, contento por la propina recibida.