Son poco más de las ocho de la mañana
cuando salimos de Fez en este día de verano que promete ser abrasador.
El paisaje, poblado de polvorientos
olivos y encinares, recuerda mucho a ciertas zonas de Andalucía, si no fuera
por algunos puestos que, junto a la carretera, ofrecen fósiles y amatistas. Sin
embargo, es un día festivo y así lo atestiguan ciertos grupitos de niñas
descubiertas pero vestidas como de domingo y que acompañan su paso con el ritmo
monótono de las palmas. Con frecuencia
adelantamos a borriquillos que transportan paja o hierba y cuyos jinetes, a
veces, presentan una mayor envergadura que los sacrificados animales.
Enseguida la altitud aumenta y cambia el
entorno. A nuestra izquierda se descuelga en terrazas Imouzzer Kandar, sobre un
bosque arbolado. A sus pies, por debajo de la carretera que transitamos, la
vega con su río que, incluso en pleno agosto, lleva agua. Como decía, en toda
la comarca, están de fiesta. Así lo indican las múltiples banderas del país que
ondean desde los mástiles que flanquean las calles. No son todavía las nueve y
las terrazas de los cafés están atestadas.
Apenas media hora después, llegamos a
Ifrane, población fundada por los franceses en la segunda década del siglo XX.
Con su reconocible urbanismo centroeuropeo (plantas rectangulares, tejados de
dos vertientes con ángulos muy pronunciados, zonas ajardinadas…), esta zona es
conocida como la Suiza marroquí, aunque ahora el sol comience a castigarnos y
la nieve, que en invierno congrega a las clases adineradas de Marruecos, no
parezca más que un sueño o un espejismo.
Cerca del centro pero lo suficientemente
diferenciado se levanta, entre zonas ajardinadas y bosquecillos lo que bien
podría ser un conjunto residencial hotelero en algún punto de los Pirineos, una
especie de cinco estrellas. Se trata de Al Akhawayn, una de las universidades
más elitistas del país, en la que sólo estudian los hijos de altísimos
funcionarios y, sobre todo, de grandes fortunas. Aquí, además entrenan
mediofondistas como Said Aouita o El Guerrouj, por citar un par de ejemplos.
Continuamos adelante, bordeando el Atlas
Medio, a la altura de Azrou, un lugar de contrastes entre pedregosas montañas y
bosques de cedros, materia prima para los artesanos locales. Puestos de frutas
apostados junto a la carretera nos indican que el calor estival precisa de
hidratación y, de paso, colorean la monotonía seca del verano.
Tarchi, el conductor, hace una pequeña
parada cerca de la presa de Ahmed El Hansal, nombre perteneciente al
considerado uno de los héroes de la resistencia frente a Francia, previa a la
independencia del reino marroquí.
Ladrillos de adobe, colores ocre y el nombre francés de la población tachado dan la bienvenida al lugar, mientras nos adelanta la policía de tráfico.
Ladrillos de adobe, colores ocre y el nombre francés de la población tachado dan la bienvenida al lugar, mientras nos adelanta la policía de tráfico.


