domingo, 28 de diciembre de 2014

INICIO DE SUEÑO EN TANZANIA

Todo comenzó como una especie de reto tras la lectura del libro de Javier Reverte, El sueño de África, y ante la tesitura de si tres amigos –desde ahora Bagamoyo, Imba y Rafiki–  seríamos capaces de emprender un viaje de este tipo, un poco a nuestro aire, sin que surgieran problemas entre nosotros. Así llegamos a julio de 2002 y, desde Nairobi, hasta Tanzania, donde transcurre nuestra aventura.
Estamos en Arusha, adonde hemos llegado por carretera desde la capital de Kenia. El paso fronterizo daría para una nueva narración, pero no es este el momento. “Arusha –escribe Javier Reverte– es un pueblo alargado con centro formado por una geometría de calles trazadas a cordel. Es una ciudad de paso, la capital de los safaris del norte de Tanzania”.

domingo, 24 de agosto de 2014

MACHU PICCHU, EL SITIO DONDE SE AMARRA EL SOL

Me detuve en el Perú y subí hasta las ruinas de Machu Picchu. Ascendimos a caballo. Por entonces no había carretera. Desde lo alto vi las antiguas construcciones de piedra rodeadas por las altísimas cumbres de los Andes verdes. Desde la ciudadela carcomida y roída por el paso de los siglos se despeñaban torrentes. Masas de neblina blanca se levantaban desde el río Wilcamayo. Me sentí infinitamente pequeño en el centro de aquel ombligo de piedra; ombligo de un mundo deshabitado, orgulloso y eminente, al que de algún modo yo pertenecía. Sentí que mis propias manos habían trabajado allí en alguna etapa lejana, cavando surcos, alisando peñascos. […]
Allí nació mi poema Alturas de Macchu Picchu.” (Pablo Neruda, Confieso que he vivido)

SUBE a nacer conmigo, hermano.
Dame la mano desde la profunda 
zona de tu dolor diseminado. 
No volverás del fondo de las rocas. 
No volverás del tiempo subterráneo. 
No volverá tu voz endurecida. 
No volverán tus ojos taladrados. 
Mírame desde el fondo de la tierra, 
labrador, tejedor, pastor callado:
domador de guanacos tutelares:
albañil del andamio desafiado:
aguador de las lágrimas andinas:
joyero de los dedos machacados:
agricultor temblando en la semilla:
alfarero en tu greda derramado:
traed a la copa de esta nueva vida 
vuestros viejos dolores enterrados. 
             (Pablo Neruda, Alturas de Macchu Picchu –fragmento–)

Nosotros vamos a visitar Machu Picchu (desde ahora MP) más de sesenta años después que el poeta chileno quedara impresionado. Las cosas han cambiado y, desgraciadamente, no es posible ascender a caballo. Es más, anuncian que se restringen las visitas diarias para evitar el deterioro del lugar. Más aún si se tiene en cuenta que, al parecer, durante el rodaje de un vídeo clip de la cantante Gloria Estefan, algún daño se  ha causado a parte de las ruinas. Éstas, que tan celosamente han sido protegidas por  la naturaleza, ahora corren peligro. Quién se lo iba a decir a Hiram Bingham, el descubridor oficial, teniendo en cuenta lo que le costó hallar este santuario universal. Por no hablar de  Melchor Arteaga, el arrendatario que lo acompañó hasta el enclave donde dos familias de campesinos, los Recharte y los Álvarez,  vivían, e incluso usaban terrazas del sur de las ruinas para cultivar, y el agua de un canal incaico, que la traía de un manantial, para beber. 

jueves, 17 de julio de 2014

LA SEBASTIANA, POEMA DE VALPARAÍSO

“Pequeños mundos de Valparaíso, abandonados, sin razón y sin tiempo, como cajones que alguna vez quedaron en el fondo de una bodega y que nadie más reclamó, y no se sabe de dónde vinieron, ni se saldrán jamás de sus límites. Tal vez en esos dominios secretos, en estas almas de Valparaíso, quedaron guardadas para siempre la perdida soberanía de una ola, la tormenta, la sal, el mar que zumba y parpadea. El mar de cada uno, amenazante y encerrado: un sonido incomunicable, un movimiento solitario que pasó a ser harina y espuma de los sueños.” (Pablo Neruda)
Son tan pequeños como infinitos los mundos que contienen los cerros, pues los cerros son la ventana hacia la libertad de esta ciudad un tanto ahogada por su fatigoso puerto. Desde estos miradores se desparraman, como flores descolgadas de un árbol tropical, barrios inspirados por un gusto más centroeuropeo que americano. Con sus hotelitos, casonas o palacios, realzados por galerías de madera, y esa tendencia a rematar los edificios con frisos, a adornar los patios como jardines y a rejuvenecer su piel con retoques cosméticos.

domingo, 20 de abril de 2014

CERROS DE VALPARAÍSO

La plaza Sotomayor sobrevive al tráfico y los autos sobreviven a los trolebuses  que la atraviesan, esquivándolos, junto al Hotel Victoria (1902), el edificio de Intendencia (1910), el Tribunal de Justicia (1939) y, en un rincón, empotrado entre edificios, el pasillo de entrada al ascensor El Peral (1901), que  conecta la plaza de Justica con Cerro Alegre. Este ascensor, por cierto, fue el primero de la ciudad en contar con un motor de vapor.
Cerro Alegre es un barrio que creció gracias a inmigrantes europeos, ingleses principalmente. Ofrece unas vistas espectaculares sobre la bahía, desde el balcón ajardinado y semicircular del llamado Paseo Yugoeslavo, donde se halla el Palacio Baburizza, hoy Museo de Bellas Artes.
El nombre del palacio se debe a su antiguo propietario, un croata enriquecido gracias al negocio del salitre y que adquirió este capricho art decó con referencias visibles a su patria chica y para quien el paseo yugoeslavo se convirtió en terraza privada.

sábado, 15 de marzo de 2014

PRIMER ENCUENTRO CON VALPARAÍSO

“Valparaíso está muy cerca de Santiago. Lo separan tan sólo las hirsutas montañas en cuyas cimas se levantan, como obeliscos, grandes cactus hostiles y floridos. Sin embargo, algo infinitamente indefinible distancia a Valparaíso de Santiago. Santiago es una ciudad prisionera, cercada por sus muros de nieve. Valparaíso, en cambio, abre sus puertas al infinito mar, a los gritos de las calles, a los ojos de los niños”.( Pablo Neruda, Confieso que he vivido) ¡Cuánta razón y cuánta belleza para expresar una verdad que se impone como la nostalgia! Venimos de la capital y seguimos la enorme avenida Errázuriz que avanza paralela a los muelles dibujando el perfil costero de la ciudad. Acompañados del calor pegajoso típico de las ciudades abiertas al océano llegamos hasta el centro histórico con el suave bamboleo del pequeño atasco que nos deposita como una ola inocente junto al espigón que delimita el puerto mercante y lo aísla de la zona de pasajeros.

Todo es actividad en el mediodía soleado cuando nos sumergimos en el aparcamiento subterráneo de la Plaza Sotomayor, en la que se levanta el monumento a los héroes de Iquique, con Arturo Prat a la cabeza. Este monumento, de estética filofascistoide, reconoce el valeroso comportamiento de la marina chilena en la batalla naval de Iquique, durante la Guerra del Pacífico. También  conocida como la Guerra del guano y del salitre, esta contienda enfrentó a Chile con Perú y Bolivia.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

EL LIMONAR DE MÁLAGA

El Limonar, al menos en parte, sigue conservando cierto espíritu aristocrático. Sobre todo por ese deseo profundo de intimidad, de segregación con respecto al resto de los mortales.
El Paseo de Sancha
Oculto, sestea, entre sus umbrías callejuelas en torno al cauce, las más de las ocasiones seco, del arroyo que marca los límites del barrio, en el antiguo camino hacia Vélez, Nerja y Granada. Con sus caserones y sus antiguas mansiones parapetadas tras setos añosos y opacos; comandadas por algún que otro torreón que sobresale como atalaya de vigía cubierta de tejas vidriadas de verde aceite o por algún centenario ejemplar de araucaria traído  allende los mares. Y todo, trepando por las colinas hacia los montes como bandoleros arrepentidos pero que no cierran la puerta a la libertad.
El ingeniero José María Sancha, allá por el siglo XIX, planeo la creación de un lugar donde levantaran villas  los nuevos ricos, un barrio residencial para la incipiente burguesía. Fue suya la idea de construir hotelitos rodeados de amplios jardines protegidos por verjas de hierro que tan sólo dejaran adivinar lo que dentro la ostentación requería.

miércoles, 28 de agosto de 2013

BUENOS AIRES-CORRIENTES

Como dice Tomás Eloy Gonzalo, en un artículo publicado en El País, nada es tan difícil como abarcar un país con palabras. Hay demasiadas cifras, demasiadas historias, demasiadas preguntas condenadas a no tener respuesta. Estoy totalmente de acuerdo con él y más aún después de visitar la Argentina dos veces con un intervalo de diez años entre una y otra visita.
Y qué decir de Buenos Aires, una ciudad interminable, más de diez millones de habitantes en el Gran Buenos Aires, más de cien kilómetros entre los arrabales extremos del Tigre y de Quilmes. Imposible plasmar mínimamente todo un universo en tan poco espacio. Por eso ahora comienzo una serie de artículos en torno a esta urbe y sus rincones, con la certeza de que son impresiones fugaces de una ciudad inasible.
Dicen que el tango es la banda sonora de Buenos Aires...Las letras de sus canciones deberían estar escritas por la prensa porque ni el lunfardo es capaz de expresar los  desgarros que sufrió este país y el escaparate de su capital, “la Nueva York frustrada de Roberto Arlt”, a decir de Olivier Rolin cuando habla de Buenos Aires. No hay más que ver los rascacielos que se elevan hoy en Puerto Madero, poco más que una cloaca que se ha ido convirtiendo en la city. Porque esta ciudad tiene alma porteña y vocación parisina pero sus deseos se parecen más a los del amigo norteamericano.

lunes, 19 de agosto de 2013

MERCADOS EN MARRAKECH

Pocas cosas definen a un pueblo como sus mercados. En el caso de los países árabes aún más. Si hablamos de los zocos de Marrakech, nos referimos a un ejemplo superlativo de un  carácter que combina elementos marroquíes y bereberes. No se entiende nada de este mundo si uno no se abandona un poco entre artesanos, vendedores, compradores y curiosos.
Como dice Elías Canetti, “en una sociedad que tanto oculta, que esconde celosamente a los extraños el interior de sus casas, la figura y el rostro de sus mujeres e incluso sus lugares de santos, esa progresiva apertura de todo cuanto se elabora y vende, resulta atrayente en doble medida”. Y es que no hay nada tan estimulante como perderse por los distintos rincones de los zocos, que no son, en parte, más que reminiscencias  de los antiguos gremios medievales. Así, pues, el paseo supone hacer un viaje en el tiempo para regresar a aquellas épocas en las que cada grupo de artesanos compartía ciertos espacios –¡como si la especialización por secciones que hoy presentan los grandes almacenes fuera un invento actual!–.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

LA CIUDAD ROJA. XEMAA-EL-FNA


La ciudad roja, la puerta del desierto, la capital bereber del sur… son muchos los apelativos que ha recibido esta enorme ciudad desde hace tiempo. Marrakech es una ciudad muy viva y con mucha historia.
Parece ser que un cabecilla almorávide, Abu Bakr, mandó construir  el Qasr al-Hajar o Castillo de Piedra, en 1062 en este lugar. Su primo Yusuf Ibn-Tashfin lo derrocó y llegó a dominar el norte de Marruecos y media España, aunque sería el hijo de éste quien fundó verdaderamente la ciudad, en torno a un palacio –bajo la mezquita de la Koutoubia–, a una mezquita –bajo la actual medina– y sobre una vasta red de jetara  –canales de riego subterráneo–.
Los almohades, en 1197, destruyeron los edificios de sus antecesores y levantaron la primera mezquita de la Koutoubia , con posterioridad van ampliando la ciudad, mediante distintas edificaciones, y con ella crecen sus murallas. Pero la ciudad pierde su poder en el siglo XIII y no lo recupera hasta el XVI, cuando los saadíes la convierten en capital de su imperio; finalizan, con Ahmed al-Mansur, algunas obras como la medrasa de Ben Yusuf; y erigen el palacio de Al-Badi, con sus mármoles italianos y una necrópolis real que constituye el último ejemplo importante de arquitectura hispanoárabe.
Como suele suceder en estos casos, en el siglo XVII, suben al poder los alaníes y trasladan su centro de poder a Meknès y hasta allí se llevan los mármoles del palacio que queda convertido en una ruina, tal y como se ve hoy. Marrakech pasa a convertirse en el centro de comercio de esclavos subsaharianos y así se va recomponiendo, poco a poco, hasta la llegada del protectorado francés, momento en el que se recupera la jetara y las huertas de la llanura de Haouz suponen el desarrollo de la agricultura y del comercio con el fronterizo desierto del Sahara y, con ello, el aumento de la población. 
Lo cierto es que la actual Marrakech es una mezcla de pasado y presente de la que pocas ciudades pueden presumir de una manera tan formidable. Dentro de ella conviven al menos dos ciudades: la nueva, construida con un tiralíneas a través de grandes avenidas, con una estructura europea y un constante crecimiento. Su punto neurálgico es la plaza del 16 de noviembre, donde confluyen, entre  otras, la avenida de Hassan II y la avenida de Mohamed V. Precisamente,  siguiendo esta última llegamos a la plaza de la Libertad. A partir de aquí, la prolongación de esta avenida, flanqueada por jardines, nos conduce a la otra ciudad, la de la historia, la de abigarrados callejones y rincones imposibles, la de la medina y la de los cuentos de las mil y una noches.
Podría contar los atractivos arquitectónicos de esta metrópoli imperial, pero cualquier guía resultaría más rigurosa y mejor documentada. Además, si algo recuerdo de ella con nostalgia –el indicador más  fiable para valorar cualquier viaje–, es recorrer durante el día el bazar y, al atardecer, la plaza de Xemaa-el-Fna.

DE FEZ A MARRAKECH-2004




Son poco más de las ocho de la mañana cuando salimos de Fez en este día de verano que promete ser abrasador.
El paisaje, poblado de polvorientos olivos y encinares, recuerda mucho a ciertas zonas de Andalucía, si no fuera por algunos puestos que, junto a la carretera, ofrecen fósiles y amatistas. Sin embargo, es un día festivo y así lo atestiguan ciertos grupitos de niñas descubiertas pero vestidas como de domingo y que acompañan su paso con el ritmo monótono de  las palmas. Con frecuencia adelantamos a borriquillos que transportan paja o hierba y cuyos jinetes, a veces, presentan una mayor envergadura que los sacrificados animales.
Enseguida la altitud aumenta y cambia el entorno. A nuestra izquierda se descuelga en terrazas Imouzzer Kandar, sobre un bosque arbolado. A sus pies, por debajo de la carretera que transitamos, la vega con su río que, incluso en pleno agosto, lleva agua. Como decía, en toda la comarca, están de fiesta. Así lo indican las múltiples banderas del país que ondean desde los mástiles que flanquean las calles. No son todavía las nueve y las terrazas de los cafés están atestadas.
Apenas media hora después, llegamos a Ifrane, población fundada por los franceses en la segunda década del siglo XX. Con su reconocible urbanismo centroeuropeo (plantas rectangulares, tejados de dos vertientes con ángulos muy pronunciados, zonas ajardinadas…), esta zona es conocida como la Suiza marroquí, aunque ahora el sol comience a castigarnos y la nieve, que en invierno congrega a las clases adineradas de Marruecos, no parezca más que un sueño o un espejismo.
Cerca del centro pero lo suficientemente diferenciado se levanta, entre zonas ajardinadas y bosquecillos lo que bien podría ser un conjunto residencial hotelero en algún punto de los Pirineos, una especie de cinco estrellas. Se trata de Al Akhawayn, una de las universidades más elitistas del país, en la que sólo estudian los hijos de altísimos funcionarios y, sobre todo, de grandes fortunas. Aquí, además entrenan mediofondistas como Said Aouita o El Guerrouj, por citar un par de ejemplos.
Continuamos adelante, bordeando el Atlas Medio, a la altura de Azrou, un lugar de contrastes entre pedregosas montañas y bosques de cedros, materia prima para los artesanos locales. Puestos de frutas apostados junto a la carretera nos indican que el calor estival precisa de hidratación y, de paso, colorean la monotonía seca del verano.
Tarchi, el conductor, hace una pequeña parada cerca de la presa de Ahmed El Hansal, nombre perteneciente al considerado uno de los héroes de la resistencia frente a Francia, previa a la independencia del reino marroquí.
Ladrillos de adobe, colores ocre y el nombre francés de la población tachado dan la bienvenida al lugar, mientras nos adelanta la policía de tráfico.

sábado, 24 de noviembre de 2012

CAPE TOWN


Llueve en Cape Town. Desde el aeropuerto –a unos 20 ó 30 kms de la ciudad–, recorremos la autovía dentro del camión, siguiendo el atasco. Difícilmente se ve lo que hay fuera, pues los cristales se empañan; la lluvia distorsiona las formas y el tono gris se ha instalado en el ambiente. Se suceden enormes barrios de negros pobres, son sus casas apelotonadas, formando parte de un puzle disforme.
El tour city es imposible, aunque nos da tiempo a comprender que se trata de una ciudad anglosajona: expandida, rica, clasista. Pero muy inglesa en formas, costumbres, ambiente o aromas.
Todo es parecido pero hay algo distinto, algo que marca la ciudad, más allá del continente al que pertenece, de la australidad de la que  presume. La Table Montaine, una mole robusta, salvada de la erosión en torno a la cual se diseminan las viviendas, los edificios, creando la falsa apariencia de que la ciudad es más pequeña de lo que en realidad es. Son distintas caras cuyo encaje ofrece las luces y sombras que la iluminan o la oscurecen; el presente esperanzador o el pasado vergonzante.

Rodeamos está fortaleza natural. Desde el otro lado de la bahía el panorama es igualmente impresionante, hacia la montaña y hacia  el océano. Como Coetzee, he experimentado una grata sensación de “hambre, he pensado: lo que me pasa es que mis ojos tienen hambre, un hambre tan grande que me disgusta el mero hecho de tener que parpadear. Estos mares, estas montañas: quiero grabármelas en la vista con tanta intensidad que, no importa donde yo vaya, siempre las tengo delante”.
Después  hemos comido muy bien, tras un largo paseo desde el ostentoso Hotel Ritz (tan sólo tres estrellas, pero que presume de ofrecer un restaurante giratorio y panorámico desde su vigésimo primer y último piso)  en Waterfront,  una novísima zona comercial portuaria, la más famosa de la ciudad.
Parece un prodigio que salga el sol y despeje, tras la grisura de un cielo agresivo, pero es así. Y, por si fuera poco, la comida es estupenda –ensalada de beef y un platter de pescado generoso que incluye gambones, mejillones, calamaritos y una buena ración de bonito–. Previamente, habíamos sido sorprendidos por un buenísimo aceite de oliva  y pan moreno de semillas, del que, a modo de aperitivo, dimos cuenta mientras disfrutábamos de buen vino tinto sudafricano de uva sirah. Después, tras negociar con uno de los camareros, conseguimos un taxi  hasta Bo-Kaap, el barrio céntrico de la ciudad.

Nos lleva, en primer lugar a Signal Hill, desde donde tenemos una excelente panorámica de una parte importante de esta ciudad que se prepara para el mundial de fútbol del próximo año. Junto al estadio en construcción, un barrio en un terreno estéril junto al océano. A escasas millas de la costa, distinguimos sin dificultad la silueta plana de Robben Island, donde permaneció Nelson Mandela durante dieciocho de los veintisiete años en que resistió encarcelado. Un auténtico museo de los horrores, sólo  comparable a los campos de exterminio nazi, hoy declarado Patrimonio de la Humanidad, aunque paradójicamente allí nunca se contemplara dicho vocablo..
A la vuelta, en el centro político y administrativo, la ciudad muestra su opulencia y cierta frialdad, esa forma de vida europea anglosajona, tan alejada de lo ilusorio y desarmónico africano. Acaba la hora comercial y las calles del  centro se despueblan. Los jardines y una serie de edificios oficiales y museísticos se suceden vacíos como una galería que mostrase todas sus piezas tras el cierre.
Camino del hotel, volvemos en un coche bastante normal, nueve turistas, el taxista y las mochilas.
En el bar, un vejete de bigotito y pelo blanco, dientes disparejos y tocados, piel oscura y curtida por los años, nos sirve hablando un buen español. Es portugués y vive en este país desde hace 37 años. ¿Qué no habrá visto? Y, sin embargo, resulta simpático, amable y generoso. ¿Sería racista hasta defender el apartheid?
Resulta difícil imaginar cómo personas aparentemente iguales a  nosotros han formado parte de esa atrocidad sin nombre. Pero, por lo visto, una buena persona puede ser alguien en cuya idea de justicia, la crueldad interracial sea, tal vez, una necesidad objetiva de dar forma a una falsa interpretación de los designios divinos. Tal vez por ello queda un poso vergonzoso en la atmósfera colectiva, incluso en la de los turistas europeos, pues, recordando de nuevo  a Coetzee: “Cuando camino por este país, por Suráfrica, tengo cada vez más la sensación de estar caminando sobre caras negras. Están muertas, pero sus espíritus no las han abandonado. Están acostadas, densas y atrapadas, esperando que pasen mis pies, esperando que me vaya, esperando para levantarse otra vez. Millones de lingotes flotando sobre la piel de la tierra. La edad de hierro esperando el momento de volver”. Y es con esa sensación con la que me quedo en estos momentos, cuando estamos a punto de recorrer este enorme país desde Cape Town hacia el norte.
 Cape Town, 2009

jueves, 25 de octubre de 2012

IMAGINANDO EN PORTO PIM



Finales de julio de 2012.El pequeño puerto de Madalena –en la isla de Pico, Azores– es la puerta de un hormiguero que barrunta lluvia.
Es  temprano, el día se presenta frío y la gente, todavía con el sueño asomado a los ojos, se acomoda lo menos expuesta posible a la brisa oceánica, para realizar el trayecto de apenas cuatro millas marítimas que nos separan de Horta, en Faial.
Unos islotes de pura piedra parecen la bisagra sobre la que se unieran, bajo el agua, estas dos islas tan próximas y tan distantes. Las gaviotas blanquean los salientes y acrecientan la sensación gélida, como si una escarcha inexistente se hubiera instalado en la arista de cada risco.
Una grisalla se ha parapetado en cielo y agua, oscuros como un mal presagio, con una amenaza nubosa más propia de una tarde otoñal que de una mañana de estío. Aún así, a mitad de trayecto,  en la frontera de la masa amenazante de nubes  se perciben rayos amarillentos que pugnan por vestir de  cálido el tono del día. Una cortina rasgada de oro viejo se cierne en diagonal. El Pico se esconde tras una almohada de nubes y la isla de Sao Jorge se solidifica en el horizonte.
De entre estos  islotes fronterizos uno sobresale y exige de nuestra atención, pues presenta una hendidura estrecha, centrada, nítida, como una cerradura que abriera o cerrara el paso a otro espacio. Desde este punto ya sólo se piensa en Faial como si cuanto hemos visto antes hubiera desaparecido y no abandonáramos nada a nuestra espalda.
Muy pronto se hace presente Horta, parapetada en su dique ilustrado, poblado de mástiles desnudos como un bosque de chopos en invierno. Y es que para los navegantes que recalan en Horta es habitual dejar en el dique del muelle un dibujo, un nombre, una fecha. Es un muro de unos cien metros de largo donde se superponen dibujos de barcos, colores de banderas, números, frases. Recojo una entre otras muchas: “Nat, de Brisbane. Voy donde me lleva el viento. Lo dice Antonio Tabucchi al rememorar un momento de su viaje a esta isla.
Llegamos, por fin, desperezándonos, encogidos por la fría mañana, recelosa en su despertar. Pero el bullicio nos recuerda que este es el puerto más conocido de las Azores.

domingo, 23 de septiembre de 2012

DÍA DE MERCADO EN CHICHICASTENANGO


Agosto de 2005. Madrugamos para llegar temprano a Chichicastenango, una población que presume de ofrecer uno de los mercados más interesantes de Guatemala. La carretera parece seguir durante unos kilómetros una curva de nivel que recorre el perfil del monte. Se multiplican las milpas, como si no hubiera una idea de pueblo como tal, sino la de una comunidad diseminada por un terreno tan inclinado como  fructífero. Se ven más mujeres que hombres apostados al lado de la estrecha y sinuosa carretera. Cada poco, un puesto de madera, aparentemente más estable que muchas de las viviendas, expone frutas y hortalizas para la venta. Ordenados sobre escalones cubiertos por tejidos azules o rayados, barreños de plástico rebosantes de ciruelas y duraznos; cuelgan del tejadillo ristras de pimientos rojos, verdes y amarillos; se amontonan calabazas; se multiplican los colores de los frutos como si hubieran sido pulidos uno a uno. De las empinadas laderas que se repiten a ambos lados, de vez en cuando, surge un hilo de humo blanco como si las chozas o las milpas estuvieran colgadas del cielo.
Llegamos a Chichicastenango sobre las diez y media de una mañana radiante, cuyo sol aún no ha conseguido evaporar las gotas del rocío;  se nota el fresco propio de la altitud. La población, que se va desparramando ladera abajo, da idea de cierta agitación que compite con lo destartalado de sus viviendas. En esta calle de entrada, posiblemente la única más o menos llana, se van concentrando los vehículos y la gente, algunos llegan encaramados en el basculante de un pequeño camión; sobresalen, por encima de los tejados, los enmarañados tendidos eléctricos que se entrecruzan, asidos puntualmente a altos postes de maderas rematados en cruz, donde las jícaras viven en equilibrio de nido de cristal. Por debajo, conviven en desorden techos metálicos o de uralita junto a otros de teja roja desgastada. Dejamos el coche en una especie de patio de tierra que habitualmente debe ser gallinero. Aperos de labranza comparten el espacio con tres o cuatro coches y algún perro que se solaza al sol mañanero.
Ha merecido la pena evitar el tumulto por unas monedas. Pronto las calles adoquinadas se convierten en un ir y venir de gentes, de puestos, de zoco indígena y de turistas. Se suceden los tenderetes de huipiles, máscaras y tallas, artesanías indígenas para todos los gustos y que ofrecen un ambiente de trajín colorista, en un flujo constante que va arrastrándote hasta las inmediaciones de la iglesia de Santo Tomás, separada de los puestos por una escalinata semicircular de piedra. Parece ser que tanto las montañas como las antiguas pirámides y las escaleras que permiten el acceso a la iglesia, son un símbolo del tránsito hacia el cielo. De ahí que, sobre los escalones arda incienso de resina copal, distintos focos dispersos y alimentados por algunos chuchkajaues, chamanes indígenas, mientras repiten palabras quiché, lengua hablada entre ellos y que resulta bonita, musical, sonora. Finalmente, sobre los escalones se sientan tanto autóctonos como visitantes para tomar un respiro y para disfrutar de cierta panorámica, gracias a su posición privilegiada sobre el mercado. Se acumulan los fardos de mercaderías, las compras realizadas durante la mañana, el cansancio asomando a los rostros oscuros y cetrinos de los campesinos.
Entramos en la modesta iglesia, edificada en 1540. Tiene una única nave con un retablo mayor y otros cuatro laterales, todos de madera al igual que el artesonado  que cubre la bóveda, repuesto en 1976 cuando un terremoto acabó con la cubierta. Dos filas de bancos tan pequeños como pupitres se adosan a las paredes blanqueadas, mientras el amplísimo pasillo central está ocupado por velitas, flores, hojas, humea el incienso. Las tablas talladas de los retablos están ennegrecidas pero los feligreses rechazan toda idea de limpieza, pues forma parte de su ancestral culto. Junto al altar, una indígena hace “penitencia”, arrastrando sus rodillas hacia delante y hacia atrás; una balaustrada, también de madera y que antecede el retablo, es el lugar elegido por varios indígenas arrodillados que parecen mantener una conversación con Dios; otros, situados junto a las velas del suelo rezan en quiché. El silencio permite que resuene el murmullo de las oraciones.