En este modesto rinconcito que ahora inicia su primera incursión pretendo ir dejando algunas vivencias producto del encuentro con algunos espacios que he recorrido. Esos espacios, la mayoría de las veces compartidos, los he ido transitando a través de dos mundos que para mí se complementan, el viaje y la literatura. Ambos, cuando se entrecruzan, configuran esos territorios que invitan al descubrimiento o, al menos, a la exploración.
sábado, 15 de marzo de 2014
PRIMER ENCUENTRO CON VALPARAÍSO
miércoles, 13 de noviembre de 2013
EL LIMONAR DE MÁLAGA
El Limonar, al menos en parte, sigue
conservando cierto espíritu aristocrático. Sobre todo por ese deseo profundo de
intimidad, de segregación con respecto al resto de los mortales.
| El Paseo de Sancha |
Oculto, sestea, entre sus umbrías
callejuelas en torno al cauce, las más de las ocasiones seco, del arroyo que
marca los límites del barrio, en el antiguo camino hacia Vélez, Nerja y
Granada. Con sus caserones y sus antiguas mansiones parapetadas tras setos
añosos y opacos; comandadas por algún que otro torreón que sobresale como
atalaya de vigía cubierta de tejas vidriadas de verde aceite o por algún
centenario ejemplar de araucaria traído allende los mares. Y todo, trepando por las
colinas hacia los montes como bandoleros arrepentidos pero que no cierran la
puerta a la libertad.
El ingeniero José María Sancha, allá por
el siglo XIX, planeo la creación de un lugar donde levantaran villas los nuevos ricos, un barrio residencial para
la incipiente burguesía. Fue suya la idea de construir hotelitos rodeados de
amplios jardines protegidos por verjas de hierro que tan sólo dejaran adivinar
lo que dentro la ostentación requería.
miércoles, 28 de agosto de 2013
BUENOS AIRES-CORRIENTES
Como dice
Tomás Eloy Gonzalo, en un artículo publicado en El País, nada es tan difícil como abarcar un país con
palabras. Hay demasiadas cifras, demasiadas historias, demasiadas preguntas
condenadas a no tener respuesta. Estoy totalmente de acuerdo con él y más aún
después de visitar la Argentina dos veces con un intervalo de diez años entre una
y otra visita.
Y qué decir de Buenos Aires, una ciudad
interminable, más de diez millones de habitantes en el Gran Buenos
Aires, más de cien kilómetros entre los arrabales extremos del Tigre y de
Quilmes. Imposible plasmar mínimamente todo un universo en tan poco espacio.
Por eso ahora comienzo una serie de artículos en torno a esta urbe y sus
rincones, con la certeza de que son impresiones fugaces de una ciudad inasible.
Dicen que el
tango es la banda sonora de Buenos Aires...Las letras de sus canciones deberían
estar escritas por la prensa porque ni el lunfardo es capaz de expresar
los desgarros que sufrió este país y el
escaparate de su capital, “la Nueva
York frustrada de Roberto Arlt”, a decir de Olivier Rolin cuando habla de
Buenos Aires. No hay más que ver los rascacielos que se elevan hoy en Puerto
Madero, poco más que una cloaca que se ha ido convirtiendo en la city. Porque esta ciudad tiene alma
porteña y vocación parisina pero sus deseos se parecen más a los del amigo
norteamericano.
lunes, 19 de agosto de 2013
MERCADOS EN MARRAKECH
Pocas
cosas definen a un pueblo como sus mercados. En el caso de los países árabes
aún más. Si hablamos de los zocos de Marrakech, nos referimos a un ejemplo
superlativo de un carácter que combina
elementos marroquíes y bereberes. No se entiende nada de este mundo si uno no
se abandona un poco entre artesanos, vendedores, compradores y curiosos.
Como
dice Elías Canetti, “en una sociedad que tanto oculta, que esconde celosamente
a los extraños el interior de sus casas, la figura y el rostro de sus mujeres e
incluso sus lugares de santos, esa progresiva apertura de todo cuanto se
elabora y vende, resulta atrayente en doble medida”. Y es que no hay nada tan
estimulante como perderse por los distintos rincones de los zocos, que no son,
en parte, más que reminiscencias de los
antiguos gremios medievales. Así, pues, el paseo supone hacer un viaje en el
tiempo para regresar a aquellas épocas en las que cada grupo de artesanos
compartía ciertos espacios –¡como si la especialización por secciones que hoy
presentan los grandes almacenes fuera un invento actual!–.miércoles, 26 de diciembre de 2012
LA CIUDAD ROJA. XEMAA-EL-FNA
La ciudad roja, la puerta del desierto,
la capital bereber del sur… son muchos los apelativos que ha recibido esta
enorme ciudad desde hace tiempo. Marrakech es una ciudad muy viva y con mucha
historia.
Parece ser que un cabecilla almorávide,
Abu Bakr, mandó construir el Qasr
al-Hajar o Castillo de Piedra, en 1062 en este lugar. Su primo Yusuf
Ibn-Tashfin lo derrocó y llegó a dominar el norte de Marruecos y media España,
aunque sería el hijo de éste quien fundó verdaderamente la ciudad, en torno a
un palacio –bajo la mezquita de la Koutoubia–, a una mezquita –bajo la actual
medina– y sobre una vasta red de jetara –canales de riego subterráneo–.
Los almohades, en 1197, destruyeron los
edificios de sus antecesores y levantaron la primera mezquita de la Koutoubia ,
con posterioridad van ampliando la ciudad, mediante distintas edificaciones, y
con ella crecen sus murallas. Pero la ciudad pierde su poder en el siglo XIII y
no lo recupera hasta el XVI, cuando los saadíes la convierten en capital de su
imperio; finalizan, con Ahmed al-Mansur, algunas obras como la medrasa de Ben Yusuf; y erigen el
palacio de Al-Badi, con sus mármoles italianos y una necrópolis real que
constituye el último ejemplo importante de arquitectura hispanoárabe.
Como suele suceder en estos casos, en el
siglo XVII, suben al poder los alaníes y trasladan su centro de poder a Meknès
y hasta allí se llevan los mármoles del palacio que queda convertido en una
ruina, tal y como se ve hoy. Marrakech pasa a convertirse en el centro de comercio
de esclavos subsaharianos y así se va recomponiendo, poco a poco, hasta la
llegada del protectorado francés, momento en el que se recupera la jetara y las huertas de la llanura de
Haouz suponen el desarrollo de la agricultura y del comercio con el fronterizo
desierto del Sahara y, con ello, el aumento de la población.
Lo cierto es que la actual Marrakech es
una mezcla de pasado y presente de la que pocas ciudades pueden presumir de una
manera tan formidable. Dentro de ella conviven al menos dos ciudades: la nueva,
construida con un tiralíneas a través de grandes avenidas, con una estructura
europea y un constante crecimiento. Su punto neurálgico es la plaza del 16 de
noviembre, donde confluyen, entre otras,
la avenida de Hassan II y la avenida de Mohamed V. Precisamente, siguiendo esta última llegamos a la plaza de
la Libertad. A partir de aquí, la prolongación de esta avenida, flanqueada por
jardines, nos conduce a la otra ciudad, la de la historia, la de abigarrados
callejones y rincones imposibles, la de la medina y la de los cuentos de las
mil y una noches.
Podría contar los atractivos
arquitectónicos de esta metrópoli imperial, pero cualquier guía resultaría más
rigurosa y mejor documentada. Además, si algo recuerdo de ella con nostalgia
–el indicador más fiable para valorar
cualquier viaje–, es recorrer durante el día el bazar y, al atardecer, la plaza
de Xemaa-el-Fna.
DE FEZ A MARRAKECH-2004
Son poco más de las ocho de la mañana
cuando salimos de Fez en este día de verano que promete ser abrasador.
El paisaje, poblado de polvorientos
olivos y encinares, recuerda mucho a ciertas zonas de Andalucía, si no fuera
por algunos puestos que, junto a la carretera, ofrecen fósiles y amatistas. Sin
embargo, es un día festivo y así lo atestiguan ciertos grupitos de niñas
descubiertas pero vestidas como de domingo y que acompañan su paso con el ritmo
monótono de las palmas. Con frecuencia
adelantamos a borriquillos que transportan paja o hierba y cuyos jinetes, a
veces, presentan una mayor envergadura que los sacrificados animales.
Enseguida la altitud aumenta y cambia el
entorno. A nuestra izquierda se descuelga en terrazas Imouzzer Kandar, sobre un
bosque arbolado. A sus pies, por debajo de la carretera que transitamos, la
vega con su río que, incluso en pleno agosto, lleva agua. Como decía, en toda
la comarca, están de fiesta. Así lo indican las múltiples banderas del país que
ondean desde los mástiles que flanquean las calles. No son todavía las nueve y
las terrazas de los cafés están atestadas.
Apenas media hora después, llegamos a
Ifrane, población fundada por los franceses en la segunda década del siglo XX.
Con su reconocible urbanismo centroeuropeo (plantas rectangulares, tejados de
dos vertientes con ángulos muy pronunciados, zonas ajardinadas…), esta zona es
conocida como la Suiza marroquí, aunque ahora el sol comience a castigarnos y
la nieve, que en invierno congrega a las clases adineradas de Marruecos, no
parezca más que un sueño o un espejismo.
Cerca del centro pero lo suficientemente
diferenciado se levanta, entre zonas ajardinadas y bosquecillos lo que bien
podría ser un conjunto residencial hotelero en algún punto de los Pirineos, una
especie de cinco estrellas. Se trata de Al Akhawayn, una de las universidades
más elitistas del país, en la que sólo estudian los hijos de altísimos
funcionarios y, sobre todo, de grandes fortunas. Aquí, además entrenan
mediofondistas como Said Aouita o El Guerrouj, por citar un par de ejemplos.
Continuamos adelante, bordeando el Atlas
Medio, a la altura de Azrou, un lugar de contrastes entre pedregosas montañas y
bosques de cedros, materia prima para los artesanos locales. Puestos de frutas
apostados junto a la carretera nos indican que el calor estival precisa de
hidratación y, de paso, colorean la monotonía seca del verano.
Tarchi, el conductor, hace una pequeña
parada cerca de la presa de Ahmed El Hansal, nombre perteneciente al
considerado uno de los héroes de la resistencia frente a Francia, previa a la
independencia del reino marroquí.
Ladrillos de adobe, colores ocre y el nombre francés de la población tachado dan la bienvenida al lugar, mientras nos adelanta la policía de tráfico.
Ladrillos de adobe, colores ocre y el nombre francés de la población tachado dan la bienvenida al lugar, mientras nos adelanta la policía de tráfico.
sábado, 24 de noviembre de 2012
CAPE TOWN
El tour city es imposible, aunque nos da
tiempo a comprender que se trata de una ciudad anglosajona: expandida, rica,
clasista. Pero muy inglesa en formas, costumbres, ambiente o aromas.
Todo es parecido
pero hay algo distinto, algo que marca la ciudad, más allá del continente al
que pertenece, de la australidad de la que
presume. La Table Montaine,
una mole robusta, salvada de la erosión en torno a la cual se diseminan las viviendas,
los edificios, creando la falsa apariencia de que la ciudad es más pequeña de
lo que en realidad es. Son distintas caras cuyo encaje ofrece las luces y
sombras que la iluminan o la oscurecen; el presente esperanzador o el pasado
vergonzante.
Rodeamos está
fortaleza natural. Desde el otro lado de la bahía el panorama es igualmente
impresionante, hacia la montaña y hacia el
océano. Como Coetzee, he experimentado una grata sensación de “hambre, he pensado:
lo que me pasa es que mis ojos tienen hambre, un hambre tan grande que me
disgusta el mero hecho de tener que parpadear. Estos mares, estas montañas:
quiero grabármelas en la vista con tanta intensidad que, no importa donde yo
vaya, siempre las tengo delante”.
Después hemos comido muy bien, tras un largo paseo
desde el ostentoso Hotel Ritz (tan sólo tres estrellas, pero que presume de
ofrecer un restaurante giratorio y panorámico desde su vigésimo primer y último
piso) en Waterfront, una novísima zona comercial portuaria, la más
famosa de la ciudad.
Parece un
prodigio que salga el sol y despeje, tras la grisura de un cielo agresivo, pero
es así. Y, por si fuera poco, la comida es estupenda –ensalada de beef y un platter de pescado generoso que incluye gambones, mejillones, calamaritos
y una buena ración de bonito–. Previamente, habíamos sido sorprendidos por un
buenísimo aceite de oliva y pan moreno
de semillas, del que, a modo de aperitivo, dimos cuenta mientras disfrutábamos
de buen vino tinto sudafricano de uva sirah. Después, tras negociar con uno de
los camareros, conseguimos un taxi hasta
Bo-Kaap, el barrio céntrico de la ciudad.
A la vuelta, en
el centro político y administrativo, la ciudad muestra su opulencia y cierta
frialdad, esa forma de vida europea anglosajona, tan alejada de lo ilusorio y
desarmónico africano. Acaba la hora comercial y las calles del centro se despueblan. Los jardines y una
serie de edificios oficiales y museísticos se suceden vacíos como una galería
que mostrase todas sus piezas tras el cierre.
Camino del
hotel, volvemos en un coche bastante normal, nueve turistas, el taxista y las
mochilas.
En el bar, un
vejete de bigotito y pelo blanco, dientes disparejos y tocados, piel oscura y
curtida por los años, nos sirve hablando un buen español. Es portugués y vive
en este país desde hace 37 años. ¿Qué no habrá visto? Y, sin embargo, resulta
simpático, amable y generoso. ¿Sería racista hasta defender el apartheid?
Resulta difícil
imaginar cómo personas aparentemente iguales a
nosotros han formado parte de esa atrocidad sin nombre. Pero, por lo
visto, una buena persona puede ser
alguien en cuya idea de justicia, la crueldad interracial sea, tal vez, una
necesidad objetiva de dar forma a una falsa interpretación de los designios
divinos. Tal vez por ello queda un poso vergonzoso en la atmósfera colectiva,
incluso en la de los turistas europeos, pues, recordando de nuevo a Coetzee: “Cuando camino por este país, por
Suráfrica, tengo cada vez más la sensación de estar caminando sobre caras
negras. Están muertas, pero sus espíritus no las han abandonado. Están
acostadas, densas y atrapadas, esperando que pasen mis pies, esperando que me
vaya, esperando para levantarse otra vez. Millones de lingotes flotando sobre
la piel de la tierra. La edad de hierro esperando el momento de volver”. Y es
con esa sensación con la que me quedo en estos momentos, cuando estamos a punto
de recorrer este enorme país desde Cape Town hacia el norte.
jueves, 25 de octubre de 2012
IMAGINANDO EN PORTO PIM
Finales de julio de 2012.El pequeño puerto de
Madalena –en la isla de Pico, Azores– es la puerta de un hormiguero que
barrunta lluvia.
Es
temprano, el día se presenta frío y la gente, todavía con el sueño
asomado a los ojos, se acomoda lo menos expuesta posible a la brisa oceánica,
para realizar el trayecto de apenas cuatro millas marítimas que nos separan de
Horta, en Faial.
Unos islotes de pura piedra parecen la bisagra
sobre la que se unieran, bajo el agua, estas dos islas tan próximas y tan
distantes. Las gaviotas blanquean los salientes y acrecientan la sensación
gélida, como si una escarcha inexistente se hubiera instalado en la arista de
cada risco.
De entre estos
islotes fronterizos uno sobresale y exige de nuestra atención, pues
presenta una hendidura estrecha, centrada, nítida, como una cerradura que
abriera o cerrara el paso a otro espacio. Desde este punto ya sólo se piensa en
Faial como si cuanto hemos visto antes hubiera desaparecido y no abandonáramos
nada a nuestra espalda.
Muy pronto se hace presente Horta, parapetada en
su dique ilustrado, poblado de mástiles desnudos como un bosque de chopos en
invierno. Y es que para los navegantes
que recalan en Horta es habitual dejar en el dique del muelle un dibujo, un
nombre, una fecha. Es un muro de unos cien metros de largo donde se superponen
dibujos de barcos, colores de banderas, números, frases. Recojo una entre otras
muchas: “Nat, de Brisbane. Voy donde me lleva el viento. Lo dice Antonio
Tabucchi al rememorar un momento de su viaje a esta isla.
Llegamos, por fin, desperezándonos, encogidos por
la fría mañana, recelosa en su despertar. Pero el bullicio nos recuerda que
este es el puerto más conocido de las Azores.
domingo, 23 de septiembre de 2012
DÍA DE MERCADO EN CHICHICASTENANGO
Agosto de 2005. Madrugamos para llegar temprano a Chichicastenango, una población que presume de ofrecer uno de los mercados más interesantes de Guatemala. La carretera
parece seguir durante unos kilómetros una curva de nivel que recorre el perfil
del monte. Se multiplican las milpas, como si no hubiera una idea de pueblo
como tal, sino la de una comunidad diseminada por un terreno tan inclinado como fructífero. Se ven más mujeres que hombres apostados al lado de la estrecha y
sinuosa carretera. Cada poco, un puesto de madera, aparentemente más estable
que muchas de las viviendas, expone frutas y hortalizas para la venta.
Ordenados sobre escalones cubiertos por tejidos azules o rayados, barreños de
plástico rebosantes de ciruelas y duraznos; cuelgan del tejadillo ristras de
pimientos rojos, verdes y amarillos; se amontonan calabazas; se multiplican los
colores de los frutos como si hubieran sido pulidos uno a uno. De las empinadas
laderas que se repiten a ambos lados, de vez en cuando, surge un hilo de humo
blanco como si las chozas o las milpas estuvieran colgadas del cielo.
Llegamos a
Chichicastenango sobre las diez y media de una mañana radiante, cuyo sol aún no
ha conseguido evaporar las gotas del rocío; se nota el fresco propio de la
altitud. La población, que se va desparramando ladera abajo, da idea de cierta
agitación que compite con lo destartalado de sus viviendas. En esta calle de
entrada, posiblemente la única más o menos llana, se van concentrando los
vehículos y la gente, algunos llegan encaramados en el basculante de un pequeño
camión; sobresalen, por encima de los tejados, los enmarañados tendidos
eléctricos que se entrecruzan, asidos puntualmente a altos postes de maderas
rematados en cruz, donde las jícaras viven en equilibrio de nido de cristal. Por
debajo, conviven en desorden techos metálicos o de uralita junto a otros de
teja roja desgastada. Dejamos el coche en una
especie de patio de tierra que habitualmente debe ser gallinero. Aperos de
labranza comparten el espacio con tres o cuatro coches y algún perro que se
solaza al sol mañanero.
Ha merecido la
pena evitar el tumulto por unas monedas. Pronto las calles adoquinadas se
convierten en un ir y venir de gentes, de puestos, de zoco indígena y de
turistas. Se suceden los tenderetes de huipiles, máscaras y tallas, artesanías
indígenas para todos los gustos y que ofrecen un ambiente de trajín colorista,
en un flujo constante que va arrastrándote hasta las inmediaciones de la
iglesia de Santo Tomás, separada de los puestos por una escalinata semicircular
de piedra. Parece ser que tanto las montañas como las antiguas pirámides y las
escaleras que permiten el acceso a la iglesia, son un símbolo del tránsito
hacia el cielo. De ahí que, sobre los escalones arda incienso de resina copal,
distintos focos dispersos y alimentados por algunos chuchkajaues, chamanes
indígenas, mientras repiten palabras quiché, lengua hablada entre ellos y que
resulta bonita, musical, sonora. Finalmente, sobre los escalones se sientan
tanto autóctonos como visitantes para tomar un respiro y para disfrutar de cierta panorámica, gracias a su posición
privilegiada sobre el mercado. Se acumulan los fardos de mercaderías, las
compras realizadas durante la mañana, el cansancio asomando a los rostros
oscuros y cetrinos de los campesinos.
Entramos en la
modesta iglesia, edificada en 1540. Tiene una única nave con un retablo mayor y
otros cuatro laterales, todos de madera al igual que el artesonado que cubre la bóveda, repuesto en 1976 cuando
un terremoto acabó con la cubierta. Dos filas de bancos tan pequeños como
pupitres se adosan a las paredes blanqueadas, mientras el amplísimo pasillo
central está ocupado por velitas, flores, hojas, humea el incienso. Las tablas
talladas de los retablos están ennegrecidas pero los feligreses rechazan toda
idea de limpieza, pues forma parte de su ancestral culto. Junto al altar, una
indígena hace “penitencia”, arrastrando sus rodillas hacia delante y hacia
atrás; una balaustrada, también de madera y que antecede el retablo, es el
lugar elegido por varios indígenas arrodillados que parecen mantener una
conversación con Dios; otros, situados junto a las velas del suelo rezan en
quiché. El silencio permite que resuene el murmullo de las oraciones.
sábado, 15 de septiembre de 2012
PRIMEROS PASOS EN FEZ
Fez ofrece una estampa majestuosa. A lo largo del valle del río Fez, ante una llanura en la que la vista se pierde, se extienden las dos ciudades, la vieja y la nueva (el Bali y el Jedid). La vista hace recordar lo que escribió un antiguo viajero: "¿Cómo resistirse a la atracción de esta ciudad verde y gris, a la seducción de ese rostro de piedra que toma, cuando el cielo se cubre, la palidez de una pasión bruscamente detenida?" La ciudad, fundada a fines del siglo VIII por un descendiente del Profeta, Mulay Idriss, fue refugio de huidos de Al Ándalus desde la época de los Omeyas de Córdoba, capital de los benimerines y centro espiritual de Marruecos a lo largo de los siglos.
Así pinta Fez Lorenzo Silva (Del Rif al Yebala), lo que nos anima al descubrimiento, al paseo. Caminamos hasta la muralla que indica el límite de Fez El Jdid, es decir, entre la ciudad antigua y la ciudad moderna, y que alberga, fundamentalmente, el Palacio Real y el antiguo barrio judío.
Así pinta Fez Lorenzo Silva (Del Rif al Yebala), lo que nos anima al descubrimiento, al paseo. Caminamos hasta la muralla que indica el límite de Fez El Jdid, es decir, entre la ciudad antigua y la ciudad moderna, y que alberga, fundamentalmente, el Palacio Real y el antiguo barrio judío.
Lo primero que hallamos ante nosotros es, al fondo de la enorme plaza de los Alaouites, una serie de cinco grandes puertas de bronce cincelado, conjunto que pasa por ser la entrada más suntuosa del palacio, obra-obsequio de los artesanos hacia el difunto Hassan II.
Paralela a la muralla que aísla al palacio, desciende la calle principal del mellah, el antiguo barrio judío, barrio que ha sido reconstruido por la Unesco, aunque apenas viven judíos en él.
Las casas de dos plantas presentan todas ellas una estructura semejante: la planta baja está constituida por comercios de todo tipo en los que los colores, olores y formas se multiplican y que se abren al público protegidos por unos batientes de madera en acordeón. El piso superior sirve de vivienda oculta tras una balconada en galería, labrada en madera y rematada a veces por forja que protege las ventanas.En el libro arriba mencionado recogemos este fragmento que explica la extraña existencia de este barrio: "Mellah o mallah significa literalmente lugar de sal, y este toponímico, por el que se conocía el lugar donde se emplazó la de Fez, se aplica en todo Marruecos. Ahora la mayoría de los habitantes de la mellah de Fez son musulmanes, pero en otro tiempo era lugar reservado a los hebreos. Según cuenta el aventurero catalán Domingo Badía o Alí Bey, que entró en Fez a comienzos del siglo XIX fingiendo ser un noble sirio, a los judíos los encerraban de noche en la mellah y les obligaban a andar descalzos por la ciudad [...] En cierta ocasión, Badía, extrañado de que los judíos se avinieran a vivir en tan ásperas condiciones, le preguntó a uno de ellos por qué no se marchaba a otro país. El hebreo le dijo que no podía, pues era esclavo del sultán. Lo cierto es que los judíos venían a ser los protegidos del Majzén, que les amparaba en sus actividades comerciales e incluso les daba concesiones de aduanas. Por eso su barrio, en Marrakech, en Meknés y en Fez, está junto al palacio imperial. Cuando caía un sultán, los desórdenes subsiguientes solían incluir el asalto de las masas a la mellah, donde se liquidaban las deudas asesinando a los acreedores judíos."
A medida que vamos descendiendo por la ladera que ocupa el barrio, se multiplica el gentío hasta llegar a Bab Smarine (bad significa puerta), una de las múltiples entradas que dan acceso al interior de la muralla y tras la que se asienta un mercado.
Junto a esta puerta se apilan enormes sacas de lana muerta -aquella que se obtiene tras la muerte del animal-, mientras que de la pared exterior cuelgan cascadas de lana viva, procedente de una oveja esquilada.
domingo, 9 de septiembre de 2012
PENÍNSULA VALDÉS (III)
Avanzada la tarde, nos detenemos en la entrada de P. Valdés , situada en el istmo que la une al resto del continente y donde se halla un decrépito museo que en sí mismo supone una reliquia de lo que debió ser cuando se inauguró. Además, desde su azotea cubierta tenemos ocasión de otear las dos grandes bahías que acoge la península, así como la llamada Isla de los Pájaros. La franja del tierra que las separa vista desde aquí es realmente estrecha, pero tenemos intención de subir hasta una de las “pirámides” entre las que se sitúa nuestra aldea antes de que anochezca y continuamos nuestro itinerario.
Tras remontar el camino zigzagueante nos detenemos en un promontorio que domina todo el golfo nuevo. Hacia el interior apenas si hay matorrales que desaparecen cuando el terreno se corta abriéndose en escarpada caída sobre el océano. La piedra calcárea se tiñe de miel a medida que el sol va descendiendo en este atardecer sereno y que se intensifica por el contraste con el azul turquesa del agua entre los brillos dorados con que el sol se resiste a ocultarse. Cormoranes y gaviotas parecen quedar suspendidos sobre un punto de encuentro de corrientes de aire o se encaraman en las paredes agujereadas e inaccesibles del acantilado. El panorama es deslumbrante. Abajo, casi a la altura del agua la naturaleza ha esculpido una pequeña y ahora pulida plataforma en la que un macho y una hembra de leones marinos copulan ajenos a nuestra indiscreta mirada. El macho, mucho mayor, acomete poderoso a la aparentemente indefensa hembra y, sin embargo, las escena tiene más de dulzura que de violencia. Todo parece responder a un instante de sosegada belleza.
PENÍNSULA VALDÉS (II)
Es temprano. Desde la terraza del comedor del ACA (Asociación de Conductores Argentinos), la luminosa mañana tiene cierto aire de agradable desolación. No aparece nadie a la vista, el sol ya refulge y convierte en espejo efímero las aguas que las olas abandonan con suavidad sobre la arena de la cala, mientras quedan todavía a la sombra los rincones del acantilado que la cierra por el este. Nada perturba su suavidad desierta, batida por una ligera brisa. Unas nubecillas planas rompen la monotonía de un cielo azulísimo. Es un día un tanto especial, pues hoy tenemos intención de tomar un barco para ir al avistaje de ballenas.
Salimos del hotelito y a mano derecha, bajando una cuestecilla que llega hasta la arena, se encuentran varias pequeñas empresas relacionadas con todo tipo de actividades marítimas. Hay unos cuantos coches y uno de ellos luce una pegatina que parece anunciar la condición orgullosa, un tanto “cancherita”, como dicen acá, de los que organizan las salidas: “Los buzos lo hacemos mejor y más profundo”. Sobran los comentarios.
PENÍNSULA VALDÉS (I)
“Uno busca lleno de esperanzas/el camino que sus sueños/ prometieron a sus ansias.” (Del tango Uno: Enrique Santos Discépolo.)
“¡Qué noche llena de hastío de frío!
El viento trae un extraño lamento.
Parece un pozo de sombras, la noche;
y yo en las sombras camino muy lento.”
(Del tango Garúa: Domingo Enrique Cadícamo.)
“Todo retorna del recuerdo:
tu pena y tu silencio,
tu angustia y tu misterio.” (Del tango Después, de Homero Manzi)
El edificio del aeropuerto de Trelew es rectangular con un pasillo central a cuyos lados se hallan distintas dependencias, unos cuantos mostradores y un par de cafeterías. A la salida de pasajeros se han habilitado dos pequeño mostradores móviles donde enseguida acuden las veinte o treinta personas que han descendido del avión pues se trata de los puntos donde desarrollan su actividad las empresas de alquiler de automóviles.
Son poco más de las nueve de la noche y en cuestión de minutos uno de los mostradores queda desierto: ya se ha quedado sin autos que alquilar. Nos acercamos al mostrador más pequeño, casi como un viejo carrito de helados. Nos recibe cordial un cincuentón que rápidamente nos ofrece un Gol.
- Será un Golf –apunta Goyo–.
- No, es un Gol, un Volkswagen Gol. Para ustedes fantástico.
Se trata de un modelo parecido al Polo español. Nos es suficiente y no resulta demasiado caro, aunque la fianza es mayor que el precio del alquiler. Por eso Eduardo, el tipo que nos lo alquila, nos advierte de los peligros de los caminos de ripio sobre todo si no se conduce con cierta prudencia, pues resulta bastante común que se rompan los cristales. Después de pagar, nos da las llaves junto con una bolsita de papel dentro de la que hay uno de los dulces típicos de la zona, el pastel galés, una especie de plum cake. Nos desea buen viaje y nos da los datos de su correo electrónico, pues seguramente cuando devolvamos el coche él no se halle presente y dice que su manera de viajar y conocer otros lugares es el contacto que mantiene, a través de Internet, con gentes de distintos lugares del planeta.
Cuando salimos camino de Península Valdés es de noche, pero por primera vez, desde que partimos de Madrid, tenemos una maravillosa sensación de libertad. Nos perdemos la vista de cuanto nos rodea pero se intuye la extensa llanura y las enormes distancias que vamos engullendo con el coche por esta carretera que presenta un buen asfalto. Dejamos a la derecha el desvío a Puerto Madryn y seguimos en dirección norte la famosa Ruta 3 (une Buenos Aires con Ushuaia) unos cuantos kilómetros, para tomar camino de Puerto Pirámides, en el corazón de esta península. Cuando llegamos a la solitaria entrada de acceso a la reserva que es la Península Valdés son más de las once y media de la noche, una noche suave y fresca.
El guarda dormita dentro del quiosquillo escasamente iluminado, con desgana nos cobra los pesos de entrada al parque, anota la matrícula del vehículo, nos despide y regresa a su somnolencia como una polilla que se acurrucara contra el cristal tibio de una lámpara.
No hay ni un alma. Solamente nos cruzamos con algunos conejos y un zorrillo despistado, cuyos ojos brillan en la oscuridad como dos piedras preciosas. Debemos estar atravesando por el pequeño istmo que une la península a la extensión continental. En un cambio de rasante se agiganta una luna que sorprende por su tamaño y su tono sanguino, suspendida como una boya sobre un mar tranquilo, como si no existiera nada más que agua, tierra y la luna tratando de devorarnos en nuestro lento avance. Después, parece cosa de magia pero hemos debido entrar en una pequeña depresión, desaparece de nuestra vista y ya no volvemos a verla.
Llegamos a lo que debe ser Puerto Pirámides que descansa al arrullo del suave oleaje que se oye pero no se ve. Afortunadamente, la población o lo que se ve de ella es pequeña y a la entrada se encuentra el Motel ACA (Asociación de Conductores Argentinos), al que habíamos avisado desde el aeropuerto de nuestra llegada. El edificio es como una ele mayúscula de planta única; aparece desierto y silencioso. Detenemos el coche y tratamos de localizar a alguien. Sobre el cristal de la puerta hay un papel escrito con bolígrafo pero con un mensaje inequívoco: “Francisco Esteban. Habitación 12”. Allí están las llaves y no es necesario que nadie nos meta prisa. ¡Por fin, una cama!
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